El saco
Al principio no me había pesado, pero con el transcurso de las horas la carga se fue incrementando. El saco que había encontrado en una esquina, colocado al lado de una lámpara del alumbrado público, me llamó fuertemente la atención por su silueta: algo abultada en la parte de abajo, coronada por un ligero pico y con dos turupes en el costado derecho, todo en la silueta del saco parecía estar rodeado por un halo de misterio.
Miré a mi alrededor y comprobé que nadie estaba interesado en el tesoro, esperé a perder de vista a un anciano que caminaba por la acera de en frente y, tomando una fuerte bocanada de aire, tiré del saco y lo lancé contra mi espalda. Para mi sorpresa, algo probablemente tan valioso, no pesaba mucho, de hecho, era bastante liviano; podría decir que me sentí un poco más ligero con la bolsa encima, que sin ella.
No podía de la dicha, y a cada paso me reía para mis adentros: “¡Qué suerte he tenido, por poco y lo encuentra otro!”Continúe bajando hasta el paradero de buses, donde debería esperar la ruta que me conduciría hasta la casa de mi madre, sin embargo y tras meditarlo rápidamente, decidí continuar a pie; algunos recuerdos de una serie de asaltos a los autobuses, me convencieron de caminar las cien calles.
Las primeras cuadras, yo diría que la tercera parte del total, no me preocupó el contenido, eso sí, debía ser algo valioso, pero no me preocupé por especificar qué era. Sin embargo, quizás fruto del cansancio, el cual comenzó a notarse en las pantorrillas, a la altura de la cuadra número setenta y dos, me entró una duda punzante, un cuestionamiento que no me dejaba marchar al mismo ritmo: ¿y si no es más que la basura de alguien?
Con una cojera producto de la mezcla de mis dudas y el bamboleo del saco, continué el camino. Para cuando llegué a la calle ochenta, mis pensamientos mutaron en unas más alegres afirmaciones: pobre hombre el que perdió su saco, pero por algo será; los caminos de Dios son misteriosos.
La pierna derecha comenzó a dolerme un poco, así que, no la seguí alargando como de costumbre, la dejé exclusivamente para apoyarme y que la izquierda se encargará de avanzar. Por unos instantes estuve a gusto con mi pequeña solución, lamentablemente el dolor físico dio paso a otras preguntas: ¿No debería parar y mirar que hay? ¿Y si no hay nada, que idiota me vería? ¿y, si al bajar el saco, me lo roban?
La pierna derecha terminó de ponerse rígida y, al dolor, se sumó la obligación de realizar un pequeño movimiento de la cadera a cada paso. Las manos me tallaban y se me fueron quemando en la zona de la palma por donde pasaba la cuerda que cerraba la bolsa; única responsable del terrible encogimiento que había adquirido mi espalda.
Faltando tres cuadras para llegar, opté por contar de manera regresiva: tres, dos, uno. Pero tan pronto llegué a la puerta de la casa de mi madre, esta salía de su casa, me miró, me saludó y como si nunca me hubiera visto, siguió el camino por el que yo acababa de llegar.

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