Fin
5 may 2018
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Seguía coleccionando objetos que me llamaran la atención y tuvieran las dimensiones para mi casa. Casi todo era viejo y la suma de años producía un olor particular, el cual, a la persona que recién cruzaba el limen de mi apartamento, le generaba urticaria.
Algunas personas ya me habían comunicado sus objeciones en la escalera de entrada e incluso me percaté de un comunicado en la entrada del edificio, en el que con su lenguaje sin señalamientos habituales, la administración del edificio le comunicaba a sus residentes a mantener las costumbres y el decoro, con el fin de una sana convivencia.
Supongo que ya se habría caído y habrían puesto otro, de todas maneras no volví a salir de mi hogar, desde que me crucé a uno de mis vecinos y me dijo que si le podía hacer el favor de arreglar las cosas en casa, puesto que el olor se le estaba subiendo.
Las ventas comenzaron a superar a las compras y el vacío de los objetos con sus respectivas huellas de polvo que dejaban, me hicieron pensar que cien metros cuadrados eran demasiado, que debería buscarme otra vivienda o una familia. Sin embargo, tarde o temprano tendría que deshacerme de alguien, como tuve que vender al perro heredado de mi madre, para no ir a sufrir si me orinaba la alfombra persa o mordía las sillas republicanas.
Tenía la habitación de la servidumbre destinada para los objetos de plástico y en la puerta de entrada tenía un organigrama donde tenía marcada cada una de las cosas, en especial los juguetes, los que eran los “ítems” más apetecidos de mi página de ventas; por alguna razón las personas deseaban objetos sin ningún valor comercial, que nunca lograrían ser considerados valiosos y, poco les importaba, que se les cobrara tres veces el precio real.
Una mañana después de haber visitado un par de casas de subastas en internet, me levanté para irme a servir un vaso de leche cuando vi en la puerta de entrada un papel. Decidí no caminar hasta la cocina, sino vadear el problema cruzando a través de la habitación del servicio, evitar unas cajas y pasar por el pasillo donde se encontraba la lavadora. Tomando en cuenta que, el anuncio seguiría allí, decidí sacar una provisión suficiente para una semana y encerrarme en mi estudio donde tenía una pequeña cama.
Los primeros tres días dejé la puerta abierta e incluso salí hasta el baño para tomar una ducha, sin embargo las hojas se fueron acumulando, así que cerré la puerta y seguí buscando algún objeto, pero nada. Más tarde comprendí que si quería vender algo o comprarlo, debía recibir a una persona y pasar sobre los comunicados.
Apagué el computador y me acosté en el camastro, los primeros días usé algo de ropa e hice un poco de ejercicio, todo de noche, para poder dormir de día. Pero al cabo de una semana no solo el hecho de estar desnudo, sino el continuo golpeteo a la puerta por parte del administrador me obligaron a sacar la ropa del armario e intentar introducir el camastro, pero como este no cabía decidí, quitarle la colchoneta y enrollar uno de sus extremos e introducirla en mi nuevo refugio.
El golpeteo se incrementó, pero con las puertas cerradas, lo que seguramente era un ruidajón infernal, se transformaba en un ritmo tolerable y, podemos incluso decir, agradable.
Ya había tomado la decisión de morir allí adentro, así que me acosté y cerré los ojos, sin importarme estar dormido o despierto. Pasaron algunos días y después de eso perdí la percepción del tiempo, creo que viví años, o quizás siglos. Pero jamás volví a ese mundo amplio e infernal.

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