La Máquina de Producir Significados
Las siete de la tarde, una hora poco habitual para estar en el centro de la ciudad, pero el trabajo revisando facturas en la empresa auditora, me había obligado a permanecer más de lo acostumbrado.
Ya llevaba diez años sin ver a nadie de la familia Ochoa, y preferiría que hubiera sido mayor el tiempo sin encontrarme con ninguno de ellos, sin embargo, no se me antojaba empaparme y la única manera de mantenerme seco, además de visitar uno de los numerosos lupanares a pocas cuadras del trabajo, era tocar en la casa de esos parientes lejanos y tener que escuchar las historias delirantes sobre la vida social en los salones y los continuos malones de la servidumbre de una plantación cacaotera, que había tenido el tío Rafael hacía unos cincuenta años atrás y, que según la pariente lejana, condujo a su esposo a la muerte.
Pero nada era cierto, nunca había existido el tío Rafael y, por consiguiente, nunca existió la plantación de cacao, y aunque la mujer, que me obligaba a llamarla tía, no era más que una prima en tercer grado, cada uno de los miembros de la familia se adaptó rápidamente a la situación y le siguió la corriente en lo referente a los títulos familiares, así como a la historia de riqueza y despotismo de su imaginario esposo.
Diez años y la puerta seguía ligeramente descolgada, con apariencia de pronto venirse abajo. Tomé la boca del diablo que se encontraba en la parte superior de la puerta y toqué: una, dos veces, de manera fuerte pero seca y luego toqué velozmente, pero sin fuerza, unas tres veces. Del otro lado de la puerta se escuchó una voz:
-Ya voy joven Eduardo.
Era el Indio Rozo, el mayordomo, chofer, paseador de perros, mandadero y eventual plomero, que llevaba sirviendo a los Ochoa por cincuenta años y, quién recogió al primo Antonio después del accidente, tras el cual no se le auguraba más de dos meses de vida. Pero, de alguna manera pudo seguir viviendo, aunque postrado en una cama del segundo piso, con una movilidad reducida a levantar un brazo y con el hábito de gritar, o como su madre lo llamaba, cantar la voluntad del señor, tan pronto se ponía el sol.
El mayordomo que venía con un perro entre las piernas, me abrió y dijo:
-Siga joven a la sala de espera, ya lo anuncio con la señora.
Seguía preguntándome de qué viviría el Indio Rozo, la familia de los Ochoa llevaba veinte años sin poseer una cabeza sensata que llevara dinero con frecuencia, y salvo los arreglos que el mismo Indio pudiera efectuar, toda la infraestructura debería estar carcomida por el tiempo, el agua, los hongos y termitas, que desde el día que el arma se le disparara accidentalmente al joven Antonio, se pudieran haber acumulado.
El Indio volvió a aparecer y me hizo unas señas para que lo siguiera hasta la sala del segundo piso, donde me esperaba mi tía sentada en una silla, que daba a la pared del cuarto de Antonio, el cual expelía un hedor a vendajes y sangre.
- ¡Buenas noches, querido sobrino, se te iba haciendo tarde para visitarme, llegué a pensar que no vendrías! Pero, cómo podría llegar a pensar esto, si entre todos mis parientes, tú eres el único que no ha dejado de venir a visitarme cada día, para oír a Antonio cantar las palabras del señor.
Comenzó un ligero ronroneo, que se detuvo y luego de una pausa, con un ligero claqueo, comenzó un griterío de manera creciente: ¡ahh, ahh, ahh! por unos tres minutos y luego un bufeo, algunas onomatopeyas, hasta que encontrando algo de sentido a las palabras, el primo Antonio empezó a hilvanar algunas palabras:
-Fiel perro, caja de oro, guardará corazón de plomo, la muerte no tiene cama en la casa del Señor.
Y luego de repetir las palabras unas quince veces con diferentes entonaciones de voz, el profeta cayó dormido y se hizo el silencio.
El rostro de mi tía estaba lleno de tranquilidad e incluso se le notaba un poco expectante, después de contener la felicidad, dejó salir un fuerte suspiro; como si ya hubieran acordado que éste contendría una orden perentoria, el Indio corrió escalera arriba trayendo en sus manos un cuaderno y unos lápices de colores que pude reconocer; en algún momento de la vida habían sido usados por Antonio y por mí para dibujar un reino donde ambos gobernaríamos como Reyes Gemelos, de acuerdo a lo que habíamos leído en un libro sobre Esparta.
La mujer le arrebató fuertemente los colores y el cuaderno al Indio y comenzó a escribir lo que su hijo había dicho.
- ¿Qué ha dicho señora?
Ella repitió en voz baja las palabras de su hijo, lo que produjo que en el acto el Indio, quien con los años de servir a los Ochoa había adquirido la capacidad de entender la verborrea que salía del postrado Antonio, comenzó a persignarse una y otra vez, cada una más rápida que la anterior, hasta que comenzó a parecer más una blasfemia que un acto de fe.
-Compórtate Indio, e interpreta lo que dice el niño.
El Indio bajó la voz, pero siguió igualmente asustado y de manera entrecortada comenzó a decir unas nueva incoherencias que suponían la traducción de las palabras de Antonio. La mujer no reparó en que ninguna de las dos voces tenía lógica, al contrario, parecía entenderle perfectamente al Indio y después de mostrarse un poco turbada por las palabras, se llenó de optimismo:
- Indio, pronto nos despertaremos de este sueño de muerte y podremos dejar atrás la tragedia. Ven sobrino, ríe con nosotros, comparte nuestra alegría.
Traté de excusarme, pero inmediatamente la mujer inclinó la cabeza hasta el punto que el mentón se toca con la parte superior del pecho y dejó salir un ligero aire. No pude terminar de decir:
-Voy algo retrasado para una cita.
Tan pronto traté, nuevamente, de decir: -Voy…
Sentí un vacío en el pecho, como si ella no fuese una pariente lejana que la familia trataba de ocultar; ella no era una mujer a la que acabara de ver después de diez años. Traté de recordar algo ocurrido por fuera de esa casa y no pude: nada del día a día en una oficina, de alguna Rosita o Esperancita que te lleva tres veces al día el café, o de un jefe gritón y malhumorado. Lo único que pude recordar era la fachada de la casa: una fachada de una casa tapiada hace ya mucho, que esa noche producto de la lluvia se desplomaría después de que la mujer: que era mi tía, mi prima lejana, mi madre, me mirara a los ojos y pidiera que entrara a la habitación donde estaba una cama destendida con un cuerpo muerto y un hombre de rasgos indígenas que portaba en su mano un arma recién disparada.
La mujer entró a la habitación y mirando al indio le dijo:
Vez Indio, esto no es un burdel, soy una mujer tratando de criar a un niño, que sueña con ser su padre.

Comentarios